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La Leyenda de un Billete de un peso PDF Imprimir E-mail
Escrito por Cami Cruz   
Viernes, 17 de Abril de 2009 10:20

 La Leyenda de Un Billete de un Peso. 

 

De mi origen, señor, poco es lo que podría contarle. Entre las brumas del tiempo recuerdo que vine a la luz en medio de ruidos infernales que hacían unas gigantescas máquinas de acero. Si mal no recuerdo, las llamaban Prensas Automáticas, y según me parece, ese era el nombre de mi madre. Mi padre, creo se llamaba Papel Moneda, eso pienso, porque cuando nací y tuve cierto conocimiento oí obreros que gritaban “más papel Moneda.”  Y, por lo que pienso que una de esas gigantescas máquinas era mi madre, es porque mientras reposaba empaquetado con un grupo de mis hermanos, tuve la suerte de estar encima de todos ellos y, pude ver como, la que pienso era mi madre, arrojaba un montón de otros billetes muy parecidos a mí.

Pienso que mi padre era muy importante, porque los obreros se aseguraban que fuera auténtico, él tenía que ser diferente a los otros papeles y los comprobaban mirándolo a través de un gran instrumento. ¿Qué era eso?  Sin mucho miramiento nos llevaron a otra máquina esta vez un poco más pequeña y nos pasaron a una gran velocidad por unas cintas que casi nos trituran. Es una desconsideración. Dicen que era para colocar la firma de un gran jefe.

 

Desde entonces me llamo “Billete de un Peso.” Yo he visto que cuando los hombres ponen nombres a sus hijos no lo marcan así. Eso lo hacen sólo con los animales.  Después nos colocaron una cinta alrededor y nos comprimieron y nos introdujeron en unas grandes valijas  Y como si eso fuera poco, nos apretujaron dentro de un gran camión que oí decir era blindado. Un peso descomunal casi me asfixia, pero por suerte, mi paquete dio vueltas y otra vez quedé encima de mis hermanos. Quedamos en esa incómoda posición, bueno, ¡no sé cuánto tiempo! Cuando nos llevaban nos caímos y la valija donde iba se entreabrió. Como estaba del lado de la puerta pude ver algo de lo que ocurría.

 Era un local grande. Mucha gente entraba y salía. Algunas personas sentadas golpeaban no sé con que finalidad unas teclas mientras mantenían su vista fija en una pantalla. Se llamaban  “E”,  “J”,  “H” y no recuerdo cómo se llamaban las otras. Eran además esclavas, porque un cordón las ataba a la pantalla. Quise mirar más pero un hombre de gruesos lentes cerró la puerta con fuerza. Fueron mis primeras experiencias en el mundo de los hombres… ¡Podría contarle tantas cosas…! Pero acortaré. Este mismo señor nos abrió la puerta, me sacó, y sobre un colchón de papeles me entregó a un caballero gordo. Mucho no pude conocer a mi nuevo dueño porque me puso en una valija y me llevó, ¡quién sabe por dónde, hasta un lugar que se llamaba tienda. Un día vino una señora a comprar telas. Revolvió todo el comercio, preguntó precios, hizo bajar una pesadísima pieza de seda, y… se llevó un pedazo de elástico, por el que dio a la cajera, si mal no recuerdo, ella dijo el nombre de un billete parecido a mí. ¡Ah! La cajera dijo que se llamaba Cinco Pesos.” En cambio, fui a parar a la mano de la señora. ¡Si supiera Ud. Cuán triste es la vida así! Cambiar de dueño sin conocer el destino!...

De ahí fui a parar a un almacén. Del desorden de ese lugar, por favor no me pregunte. En el día me entretenía estudiando los diferentes tipos de personas. ¡Viera Ud. cuán interesante es! Los había flacos y altos, de mirada lejana y casi siempre flemáticos.  Los había gordos, bajos, alegres, de cachete colorados y actitud francachona.  Otros taconeaban con firmeza, miraban con desprecio, y hacían gala de ademanes y vocabulario pedante.  Me di cuenta pronto de que eran los que menos valían. Un día cayó un señor de paso ligero y sombrero panamá.  Decía que era corredor.  Dijo que iba para Italia y me llevó en un bolsillo.           

Allí adentro, en unos papeles llamativamente coloreados, había figuras de barcos, aviones, trenes, mapas, horarios, precios, indicaciones de todo género y también fotos. En grandes letras se leía Viaje a Italia.  En otro lugar. Conozca las ruinas de Roma. Confieso que me interesé y al igual que los hombres, quise viajar, conocer, rodar por el mundo, asistir a fiestas nocturnas, divertirme…Pero mis ilusiones fueron tronchadas por la mano ágil del caballero que me entregó al cobrador de ómnibus junto con un compañero. 

Me dio mucho fastidio, le aseguro, señor.  Pero ahora comprendo, por qué se me deparaba un destino tan vulgar. En el vehículo debí relacionarme con otros billetes mayores que yo, digo, de mayor valía, y con monedas de otros colores.  Nosotros los billetes de a peso lo hacemos sin aprensión. Pero me contó un compañero que ha viajado mucho, cómo en algunos lugares los hombres todavía hacen diferencia entre los blancos  y los de color. ¿No le parece una improcedencia? ¿No valen acaso lo mismo? Por lo menos en nuestro caso no somos orgullosos del valor.

De fiesta estábamos en el ómnibus cuando con dos compañeros fui a parar a la mano trémula de una ancianita vestida de negro, que nos arrugó tanto como ella, porque la pobre cerraba tanto su puño, y parecía que se agarraba de nosotros. Temblando junto con la ancianita, oímos el conductor cuando vociferaba: -–¡Atrás, señora, por favor!  Le diré caballero, que casi cambio de color por la indignación que me dio al notar cómo por largo rato la humilde anciana permanecía de pie en el incómodo y repleto ómnibus. Creo, señor, que los hombres han perdido de vista los verdaderos valores como son la cortesía, el respeto y el amor hacia las personas mayores. El hombre que se cree tan bueno, se ha convertido en máquina; aunque le diré, a veces las máquinas son más corteses, porque casi siempre responden a las exigencias de los humanos. El hombre en cambio, que recibió un sello y una imagen superior a la nuestra, no valora como debiera a sus congéneres. Muchas veces los hombres miden a los otros por la cantidad que poseen de nosotros. ¡Mire señor! Nosotros no nos consideramos tan importantes, como los humanos nos ven. Sólo somos un simple pedazo de papel. En cambio, ustedes, los humanos, fueron creados a la imagen de Dios, por lo tanto, tienen un gran valor.

           

 Y aquí estoy, señor, en una caja fuerte. Primero un caballero alto y de palabras bondadosas habló de amor, bondad y generosidad. Mencionó algunos ejemplos de humanos que poseyeron esas cualidades. Habló del evangelios, misiones, necesidades y no sé que más. Mientras una hermosa melodía del órgano saturaba el ambiente, los dedos temblorosos de la ancianita nos tomaron a mí ya mi compañero, y nos dejó caer en un platillo con base de terciopelo. ¡Qué feliz me siento! Ese mismo hombre alto y de voz melodiosa, también dijo que cuando caemos en ese lugar, nuestro valor se multiplica muchas veces porque somos para Dios. Caí con un solo compañero; pero no importa, me siento más importante porque el caballero también habló de una viuda y dos blancas…

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Fidelidad a Prueba de Huracán PDF Imprimir E-mail
Escrito por Cami Cruz   
Sábado, 15 de Octubre de 2011 15:32

Todos los humanos alguna vez en la vida experimentaremos sensaciones imborrables que nos marcarán por el resto de nuestra existencia. Algunos reaccionaremos positivamente, siempre y cuando lo que experimentemos nos transforme para bien. Otros seran incesibles a los efectos de sucesos, que pudieron cambiar el derrotero de sus vidas. En mi caso he vivido marcado por una conmovedora experiencia vivida mientras trabajaba en la Asociacion Adventista Dominicana.

 

  Era el 26 de septiembre de 1966, La Republica Dominicana, especialmente la zona suroeste del pais, recibio la furia de uno de los huracanes mas desbastadores de su historia. Ese día el Huracán Inés arrasó el poblado de Juancho, una comunidad semi-rural, de la provincia de Pedernales, sembrando dolor en todo el país, por las pérdidas de vidas humanas y por los cuantiosos daño materiales que dejó a su paso el huracán. Como miembro de la Defensa Cívil y como radioaficionado, estaba acostumbrado a seguir las trayectorias de los huracanes que cada año destruyen vidas y bienes materiales, en algún país de la zona del Caribe. Ese año tenía especial razón para marcar la trayectoria del huracán en el mapa que para esos fines distribuye la Defensa Civil Dominicana a sus miembros. Ese año no solamente era un radioaficionado con licencia, sino como oficial de la Asociación Adventista, debía conocer la correcta localización de este fenómeno, a fin de estar alerta para que los oficiales de la Asociación pudiéramos socrorrer a los miembros de nuestra iglesia  y los individuos en general , necesitados de ayudas. El Huracán Inés tocó tierra en las primeras horas de la mañana del lunes 26 de septiembre. Despues que la tormenta se alejó de la zona, voló desde Puerto Rico, en su avión privado, el Dr. Ivan Angel, médico adventista, quien gustaba de prestar ayuda a los necesitados. Después de sobrevolar la zona de Juancho, el Dr. Angel regresó a Santo Domingo, donde está ubicada la sede de la Asociación Adventista. Desde el aeropuerto donde había estacionado su avión nos llamó para que fuésemos a recogerlo para traerlo a las oficinas de la Asociación y allí rendir  un informe de lo que pudo apreciar en la zona del desastre.  El informe del Dr. Angel nos anodadadós a todos los empleados de la Asociación.

 

Al otro día en la mañana por orden el presidente de la Asociación, me dispuese a comprar alimentos , ropas, frazadas y otros materiales necesarios para una labor de socorro. Además, alquilamos un camión con su chofer y salimos para la zona sur con la intención de llegar ese mismo día a la Colonia Juancho, donde teníamos una iglesia, cuyos miembros eran mayoría en el lugar. Viajamos sin novedad hasta la ciudad sureña de Barahona. Cuando entramos a la carretera hacia Pedernales para llegar a Juancho, nos vimos forzados a regresar a Barahona. La carretera estaba casi destruída y muchos tramos de la misma intransitables. Grandes árboles obstruían la vía. En Barahona se me ocurrió la idea de visitar las oficinas regionales de la Secretará de Obras Búblicas, para solicitar ayuda.a fin de poder llegar a Juancho. Solicitamos que nos proveyeran  un tractor con su operador, para que nos franqueara y quitara los obstáculos de la vía.

 

 Nos tomó casi un día de Barahona a Juancho, una distancia de sólo 50 kilómetros. Cinco kilómetros antes de llegar a nuestro destino, observamos a nuestra derecha lo  que fue un edificio de acero de un complejo algordonero. Las estructuras yacían en el suelo y las que fueron sus vigas de acero, parecían un montón de palillos de dientes. Cuando vimos esa escena, ambos llorábamos y nuestras lágrimas se deslizaban por nuestras mejillas como espesas gotas de lluvia. El pastor Eligio Gonzales, el presidente de la Asociación que me acompañaba, atinó a exclamar  ¡"Mi Dios! ¿Qué ha sido de nuestros hermanos? Llegamos  a lo que había sido la Colonia Juancho. Todas las viviendas habian desaparecidos y sus habitantes no se veían por ninguna parte. Nada cuya posición había sido vertical quedó en piel. A no ser por los rellenos en las bases de las viviendas, alguién como yo, que no había conocido antes el lugar, podría pensar que nada había sucedido. Ni siquiera una tabla o una hoja de zinc se veían por ninguna parte. Allí párados frente a ese desatre, cuatro hombres en silencio, nos bebíamos nuestras lágrimas. Sólo el Msar Caribe a nuestras espaldas rompía el silencio, y sus olas rugían con un lamento al estrellarse en las duras rocas.   

  

Después de un tiempo que nos pareció extenso, a la distancia en la llanura frente a nosostros, observamos lo que al principio nos pareció una manada de cabras, que se desplzaban hacia donde nos encotrábamos. Al principio lucían pequeños, pero mientras avazaban aumentaba su tamaño y ahora sabíamos que se trataba de seres humanos. Salían de una cueva a donde habían pasado la furia del huracán. Es imposible recordar cuántas personas nos rodearon. Sus aspectos se parecía al estado de destrucción que observabamos por doquier: hombres medio vestidos, con pantalones raídos y rostros entristecidos. Mujeres y niños en igual condición: Con el hambre y con frio. Los niños temblando con sus brazos cruzados alrededor de sus vientres como queriéndonos decir, tenemos hambre. Sacamos del camión ropas, frazadas y alimentos listos para el consumo y los ofrecimos al grupo. Todos querían hablar al mismo tiempo. Todos tenían una historia que contar. Historias conmovedoras y tristes, narradas por los sobrevivientes que nos decían cómo murieron sus parientes y amigos y como ellos se salvaron. Algunas de estas historias explicaban eñ heroísmo de muchos de ellos, cuando la tormenta arreció. La mayoría del grupo pertenecía a la iglesia adventista del lugar.

 

El informe más asombroso y conmovedor, no porque narraba una tragedia, sino por ser un tributo a la fidelidad, en medio de una ruina total, lo narró un hombre pequeño, de piel quemada por los rayos del sol, descalzo, como la mayoría del grupo. Este hombre llevaba un pantalón raído y sin camisa.  Su relato fue tan conmovedor como aquellos que narraban como fallecieron  sus familiares: "¡Mire pastor- el hombre se dirigá al Pastor Eligio González. Cuando mi casita era sacudida como un trapo, le dije a mi mujer, corramos a la cueva de los indios. Salimos y veíamos ramas de árboles por toda parte. Hojas de zinc y caballetes de nuestras casas volaban como pájaros grandes. Cuando habíamos avanzado un poco, me acordé pastor, que un clavo en la pared de mi casita había colgado este pañuelo- ahora el hermano introdujo su mano derecha en el bolsillo trasero de su raído y deshilachado pantalón y extrajo un pañuelo lleno de nudos, que más bien parecía en un terrón endurecido. ¡Mire pastor! - volvió a repetir el hemano - Cuando corríamos de nuevo hacia la cueva para ver si salvábamos nuestras vidas volví y recuperé el pañuelo con mis diezmos y ofrendas.- Mientras hablaba desataba los nudos del pañuelo y seguía reptiendo - "Mire pastor". Al fin dijo: "Doy gracias a Dios que pude salvar mis diezmos y ofrendas y aquí se los entrego".

  

  Mientras escuchaba el relato del hermnao mi pulso se aceleraba. Fue tan fuerte mi conmoción, que además de lágrimas, brotó de lo más profundo de mi corazón un grito desesperado. "Devuelva ese dinero al hermano pastor" - no me pude contener, - "No cami - me contestó - mientras contemplaba los arrugados pesos que había depositado el fiel hermano en sus manos. "no Cami - volvió a repetirme - esto que tú ves en mis manos, significa el acto de fidelidad de este querido hermano  y agregó -  Hermanos, este hermano que que me acompaña -señalándome con su índice - es el hermano Cami Cruz, el nuevo tesorero de la Asociación, a quien le entrego los diezmos y las ofrendas del hermano". Dejé al Pastor Eligio González con su mano extendida. No me atrevía a tocar aquellos diezmos y ofrendas. Me parecía que en aquel momento no había namda más sagrado que aquellos destartalados pesos en la mano del Pastor González. Enmohecidos pesos de diezmos y ofrendas, que significaban el acto de fidelidad más insólito que jamás volveré a experimentar . Había que estar en aquel lugar, en medio de una ruina total. Este mismo hermano había perdido todo lo que tenía, inclusive una pequeña sobrina, hija única de una de sus hermanas. Si, todo lo había perdido, menos su fidelidad y confianza en Dios.  

 

 

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Alejandro Bullon La Voz de Dios PDF Imprimir E-mail
Escrito por Samuel Lazcano   
Miércoles, 04 de Noviembre de 2009 08:10

La Voz de Dios

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Escrito por WMSL   
Lunes, 22 de Septiembre de 2008 10:00

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